«Con Mauricio no somos amigos. Él es el jefe, yo trabajo para ayudarlo», define Marcos Peña, jefe de Gabinete de Macri y pieza clave en el gobierno de Cambiemos. No practican deportes juntos, no van a comer, no tienen el mismo círculo de amigos, pero Marquitos es el hombre de extrema confianza del primer mandatario y el escudero de todas las batallas. También el cerebro detrás de esta nueva forma de construir poder.
El 15 de marzo cumplió cuarenta años y el poder parece no pesarle. Camina con comodidad por los pasillos de la Casa de Gobierno e invita a un café en el Salón de los Pueblos Originarios donde hacemos la entrevista. Sin corbata -«una costumbre que nos quedó de la Ciudad´»-, muy tímido, más flaco y con una barba cuidadosamente desprolija, solo se pone tenso cuando le pregunto sobre su familia: «Quiero cuidarlos», justifica.
El elegante saco oscuro impide que quede al descubierto el tattoo zen que se hizo hace 26 años en su antebrazo derecho. El símbolo significa «armonía» y lo dibujó en su piel al volver de un viaje como mochilero por Asia. Corría el 2001 y la Argentina estaba viviendo la gran crisis que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa. Ese caos lo impulsó a involucrarse en política. «Había que comprometerse para que las cosas cambiaran», afirma.
Marcos Peña está para poner la cara, dar las respuestas, enfrentar a los adversarios políticos, armar las estrategias. Siempre impregnado de un optimismo a prueba de todo: «Pienso en positivo, es mi formación». Lo único que no hace es firmar certificados de defunción: «Si preguntás hoy qué es el peronismo, vas a encontrar cien respuestas. Pero no creo que haya que darlo por muerto«.
—Sacando a la gente de Cambiemos, pensaba cuáles eran los políticos de la nueva generación que tienen más o menos tu misma edad: Máximo Kirchner, Wado de Pedro, Fernanda Vallejos, el Cuervo Larroque… ¿Qué tenés que ver vos con ellos?
—No tengo mucho diálogo con ellos por más que seamos de la misma generación. Les respeto mucho que se hayan metido, que se comprometan, pero no comparto su forma de ver la política porque me parece un poco anticuada, una visión un poco reaccionaria. Esa cosa de revivir los 70 a mí no me conmueve demasiado.
—Algo que me llama la atención es que se siga gritando «Patria sí, colonia no, los pibes para la liberación». ¿Qué crees que es la liberación hoy, año 2017, para ellos?
—Hay como dos «hijos del 2001». Nosotros por un lado y ellos por el otro. Y creo que ellos nacieron de una lógica muy reivindicativa, muy ligada al resentimiento y a una cosa típica de la política argentina que es vivir la aventura de otra generación. Nosotros creemos más en vivir nuestra propia aventura. Y eso pasa por el siglo XXI, por el mundo, por lo que viene, por lo que está pasando, que es apasionante y desafiante. Cuando repiten consignas de hace 40 años que fueron de sus padres y hablan de «la juventud maravillosa» y lo buenos que fueron los 70, me da pena porque coartan su creatividad y sus propias ideas.
—Esas consignas en pleno siglo XXI, ¿para quiénes son? ¿les llegan a la gente común, al que se levanta todos los días para ir a trabajar…?
—Me parece que es la nostalgia del mundo de la Guerra Fría, donde en la Argentina y en América Latina estaba esa lógica muy de la izquierda de luchar contra el imperio, luchar contra las grandes potencias para así liberar a la gente. Que la gente viva mejor, que tenga libertad y futuro, no lo hicieron atrás de esas consignas. Lo hicieron integrándose al mundo, generando conocimiento, generando trabajo. Por eso, tienen algunas cosas muy contemporáneas pero con un contenido muy antiguo. Es como usar Spotify para escuchar música de los 70.
—Atrasar 40 ó 50 años no es poco.
—Es bastante. Pero también es algo que está pasando en el mundo. Esa visión más populista de explicar los problemas desde un lugar de rencor. De buscar quién es el culpable en vez de ver qué es lo que uno puede hacer por uno mismo. Y creo que eso también le faltaba a la política argentina.
—Y obviamente crees que eso lo trajo Cambiemos.
—Cambiemos hoy ocupa ese lugar de una idea más aspiracional, más de empoderar… La «liberación» pasa por darles las herramientas a las personas para que se puedan desarrollar y crecer a través del trabajo. Muy lejos de la idea que ellos sostienen de «todo te lo da el Estado, todo viene de arriba, le tenés que agradecer a la líder que te regala algo». No creo en eso.
—¿Vos sos el que más escucha a Durán Barba? ¿Sos más Durán Barba que el mismo Durán Barba? ¿Por qué necesitamos un ecuatoriano para que nos venga a armar una campaña o construir un presidente o un candidato?
—Jaime es un amigo. Trabajamos juntos desde hace 12 años en una cosa de equipo, de reflexión… Está buena la pregunta, saber quién aprende de quién. Creo que Jaime aportó muchísimo para entender que hay un nuevo votante, que hay un tiempo distinto y que en función de eso hay que organizarse metodológicamente para escuchar, para dialogar. Sobre todo porque el votante quiere otra cosa, no quiere más de lo mismo.
—El otro día escuché que él decía «escuchen menos a los periodistas y más a la gente».
—Claro, es que el cambio de época más profundo que estamos viviendo es que hoy el poder lo tiene el que está del otro lado de la pantalla…
—Ustedes entendieron eso y, por ejemplo, apostaron muy fuerte a la comunicación en las redes. Ahora Cristina está con el señor de la panadería mientras amasa un churro haciendo un Face Time, hace lo mismo aunque se ve como forzado…
—Es que tiene que ser auténtico. Porque si no, se nota. Es inútil mentir.
—¿Con Cristina se notó?
—Sí. Me parece que el problema de la autenticidad cuando esconden las banderas de La Cámpora o esconden el PJ es subestimar al que está del otro lado, que sabe. Ellos siempre han estado muy orgullosos de su identidad, ¿por qué cambiarla? Creo que piensan que nosotros hacemos marketing y que engañamos. Y no es así y por eso la gente nos apoya y confía en nosotros. Pero, retomando el tema de Jaime, la experiencia de alguien que viene de afuera es muy útil, su mayor agregado fue que no vivía acá.
—¿Cuándo apareció? ¿Un día salió de abajo de una alfombra? ¿Entró a Casa de Gobierno o a la Jefatura? ¿Quién lo recomienda?
—En el 2004 lo recomendaron. Veníamos de la campaña del 2003 en que habíamos hecho las cosas bastante mal en términos de no terminar de encontrar nuestra identidad ¿no? Y empezó a trabajar en la campaña del 2005. Y le ganamos a Lilita y Bielsa en esa elección.
—Lilita le hace bullying a Durán Barba: se ríe mucho de su pelo, de su peinado…
—Eso es porque no lo conoce demasiado, ya se lo he dicho a Lilita. Creo que se entenderían bien porque es una persona muy culta. Jaime es un intelectual.
—En 2005 ganaron la diputación, después dos jefaturas de gobierno, la Provincia, la Ciudad, el país, y sin embargo todavía en algunos lugares se lo sigue ninguneando a Mauricio Macri. Le ganaron al peronismo, son como una máquina de ganar elecciones y es como que la gente no se diera cuenta de que ganaron todo.
—Ahí diferenciaría la gente de lo que es el ambiente del poder. El poder funciona muy como grupo cerrado e incluso como un club que ya repartió todos los carnets y vinieron estos que quieren meterse, y dicen: «Bueno, está bien, pero esto lo manejamos nosotros». Si uno mira las listas de la provincia de Buenos Aires ve el mismo club de hace 20 años. Club que también está en muchas provincias. Gracias al liderazgo de Mauricio nosotros pudimos oxigenar la política, romper esa idea de que todo ya está pre armado. Y eso le hizo mucho bien a la sociedad y al sistema político para rejuvenecerlo, para darle nuevo aire y también modernizar a nuestros rivales.















