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Lavagna pone primera y ya tiene ‘mesa chica’ de campaña

Lo revela Carlos Pagni en La Nación. Sus principales integrantes son Alejandro “Topo” Rodriguez, Rodolfo Gil y su hijo Marco

El drama venezolano es, desde hace años, uno de los factores que determinan los alineamientos de la política doméstica argentina. Por esa razón, Mauricio Macri tiene derecho a sentirse beneficiado por una paradoja: la pesadilla de Caracas le da una ventaja electoral. No solo porque identifica a su principal rival, Cristina Kirchner, con la dictadura de Nicolás Maduro. También porque la supervivencia de Maduro vuelve más intolerable para el gobierno de Donald Trump una regresión al kirchnerismo. Este es el criterio decisivo en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

Además de esta proyección caribeña sobre la escena local, han aparecido otras novedades con las que Macri recrea cierto optimismo sobre su candidatura. Una es la reaparición del kirchnerismo en su modulación más recalcitrante. En la mitología griega, el río Leteo se encargaba de borrar la memoria de las almas que migraban en la reencarnación. La inflación funciona hoy en la opinión pública, según todos los sondeos, como una especie de Leteo.

Hace olvidar aspectos del oficialismo que se presumían virtuosos. Y genera una amnesia parcial sobre el estilo con que los Kirchner gobernaron el país en gente para la cual esa evocación era asfixiante. Esta alteración en las evaluaciones se hace llamativa en los encuestados que, con diferencia de un mes, pasan de votar a Macri a votar por la expresidenta, en un supuesto ballottage.

En estos días la señora de Kirchner y sus feligreses han trabajado en contra del Leteo. La primera en hacerlo fue ella. La carrera electoral la obligaría, tarde o temprano, a retomar el uso de la palabra. Lo hizo por escrito. Con Sinceramente se ganó aquella observación referida a los Borbones durante la Restauración: no ha aprendido nada y, lo que es peor, no ha olvidado nada.

Más efectiva para que recuperen la memoria quienes habían comenzado a relativizar lo que antes denostaban fue la reaparición de la violencia en el paro de los sindicatos kirchneristas que lideran los Moyano. Se produjeron daños en varios bancos, entre ellos, el Galicia y el Francés. En la avenida Belgrano, una banda de encapuchados atacó una sede de JP Morgan. El reproche fue disparatado: destruir trabajo al medir el riesgo país, es decir, al comparar el rendimiento de los bonos argentinos con los de otros países emergentes. La ironía es que el presidente del banco, Facundo Gómez Minujín, acaba de llegar de la India, donde examinó un centro de servicios en el que Morgan emplea a 30.000 personas. En Buenos Aires ya lleva contratados a 2000, en un intento de replicar esa experiencia. Pero, desde anteayer, la pregunta que se hacen en la casa central de Nueva York es si vale la pena avanzar con esa inversión en la Argentina. Hasta anoche ningún funcionario se había comunicado con el banco para expresar preocupación o solidaridad. Un detalle.

La estrategia de “tomar la calle hasta que vuelva Cristina” está instalada en el corazón del kirchnerismo. Mauricio Macri suele atribuirla al dirigente social Juan Grabois, quien desmiente haber manifestado esa idea alguna vez. Quien, en cambio, la propuso anteayer, fue el líder de la CTA Pablo Micheli.

La movilización kirchnerista con mayor densidad simbólica fue la que llegó hasta la embajada de Venezuela para hostigar a los exiliados de ese país que protestaban contra la dictadura de Maduro. Esa adhesión a un régimen sostenido por otras autocracias, como las de Xi Jinping o Vladimir Putin, restringe mucho el margen de Cristina Kirchner para seducir al electorado independiente. En rigor, ella quedó encerrada en el madurismo desde que internó a su hija, Florencia, en Cuba. Si Alberto Fernández soñaba con alguna reconciliación entre su jefa y las autoridades de Estados Unidos, este encolumnamiento demuestra que su influencia tiende a cero.

Además de beneficiarse con estas asociaciones internacionales, Macri saca un provecho indirecto de la increíble torpeza con que Donald Trump se mueve en Venezuela. Su consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, reclamó que el ministro de Defensa, Vladimir Padrino; el juez de la Corte Maikel Moreno, y el jefe de la guardia presidencial, Iván Hernández Dala, cumplan en abandonar a Maduro, como habrían prometido a la oposición en los últimos meses. La solicitud es insólita. Primero, porque desnuda la intervención norteamericana en el proceso, debilitando a los rivales del chavismo. Segundo, porque parece confesar que la Casa Blanca fue engañada durante meses por esos tres venezolanos. Tercero, porque, en adelante, nadie se animará a conspirar con la oposición por el temor a que Washington lo deje en evidencia. La política de Trump en Venezuela es una exhibición interminable de impericias.

Estas frustraciones hacen que el gobierno de Trump siga apreciando muchísimo la continuidad de Cambiemos en la Argentina. Es imposible entender la relación con el FMI sin registrar esa valoración. La institución que dirige Christine Lagarde ha ido entregando uno a uno los dogmas de su receta inicial como consecuencia de una decisión de las potencias que más influyen en su directorio: debe impedirse el regreso del kirchnerismo, que es leído como la versión argentina del chavismo. Las promesas de los economistas de Cristina Kirchner acerca de que respetarían el pago de la deuda en caso de llegar al poder parecen inconducentes frente a esa premisa política.

La autorización a intervenir en la zona de no intervención cambiaria es una derivación de ese enfoque. Esa novedad apunta a fijar el dólar con un criterio electoral. Muchos especialistas celebraron el nuevo acuerdo con el Fondo. Un informe de JP Morgan firmado por Carlos Carranza, Robert Habib y Lara Bes sugiere que las nuevas reglas, la caudalosa oferta de divisas de los exportadores y la recompra de deuda por parte de la Anses estabilizarán del precio del dólar, que sería a fin de año de $50. El estudio no se pregunta por dos problemas que sugieren algunos profesionales. Uno es el nivel de dolarización que puede desatarse si se verifica la postulación de Cristina Kirchner. El otro, la velocidad con que crece el stock de Leliq, que equivale a alrededor de un tercio de los activos de los bancos; un inconveniente más inquietante cuanto mayor es la tasa de interés.

Con la estabilización del peso Macri aspira a estabilizar su propia candidatura. Ha dicho en público que primero aspira a terminar el mandato y, después, a hacerse reelegir. En privado hay quienes le escuchan invertir esa lógica: si no se postulara a la reelección, sería más difícil terminar el mandato porque el peronismo se volvería mucho más agresivo contra el Gobierno y contra quien lo reemplazara como candidato. Hay un fondo de verdad en ese razonamiento: desde que se estableció, en 1994, la reelección, los presidentes están obligados a proponerse para un segundo mandato. Desistir es admitir el fracaso. La excepción fue Néstor Kirchner y su alternancia matrimonial.

Estas premisas son desafiadas por un par de situaciones. Una es la historia de Cambiemos, que nació cuando el radicalismo se convenció de que Macri era el líder más competitivo para el electorado no kirchnerista. Hoy esa convicción está muy debilitada. Varios dirigentes de la UCR le han escuchado a su titular, Alfredo Cornejo, preguntarse si Macri no está agotado como candidato. Y Martín Lousteau, que es un interlocutor cotidiano del Presidente, defiende en público la conveniencia de ampliar Cambiemos incorporando, por lo menos, a Roberto Lavagna. Lavagna habría admitido esa posibilidad, pero si es para competir en internas con María Eugenia Vidal. Esa condición inspira en el radicalismo dos ensoñaciones. Ir con Lavagna o ir con Vidal. La gobernadora sigue jurando lealtad a la candidatura de Macri. Pero debe resistir la presión de miembros de su entorno. Son los que sospechan que con ella como candidata a presidenta pueden permanecer en el poder, pero con ella como candidata a gobernadora es probable que deban abandonarlo.

Lavagna armó su equipo de campaña. Allí figuran, entre otros, su hijo Marco, Carlos Hourbeigt, Rodolfo Gil, Leonardo Macdur y Alejandro “Topo” Rodríguez. Este grupo espera el resultado de la convención radical, que se hará el 24 de mayo. Es decir, después de las elecciones en Córdoba, en las que todo indica que triunfará Juan Schiaretti. Macri se adelantó a ese resultado. Retomó el contacto con Schiaretti, con quien había polemizado por un aumento de tarifas eléctricas. El gobernador de Córdoba, no se sabe si por ironizar o por desconocimiento, se hizo representar por su viejo amigo Guillermo Seita. Es un hombre de negocios que despierta tanta antipatía en Macri como simpatía en Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. El idilio lleva a algunos a imaginar a Schiaretti como vice de Macri: tan importante se vuelve Córdoba cuando la elección es muy ajustada en Buenos Aires. Pero la idea choca contra una pared: Marcos Peña. De influencia indeclinable, Peña sigue creyendo que cuanto más turbulenta sea la navegación, más firme debe ser la identidad. Es una coincidencia con Cristina Kirchner. La coincidencia en la que se sostiene la polarización.

Por: Carlos Pagni

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