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La verdadera deuda con los bonaerenses

El ministro de economía de la provincia de Buenos Aires, Hernán Lacunza, publicó un editorial en el diario Clarín

Si hace cuatro años usted pesaba 71 kg y ahora pesa 83 kg, ¿diría que está más gordo? A simple vista, sí, un poco. ¿Pero 83 kg es mucho o poco? Depende de su altura y del peso normal para los de su especie. ¿Esos kilos extras deben atribuirse a más tejido adiposo o a más músculos?

Difícil distinguir a simple vista; lo primero sería insalubre; lo segundo, auspicioso. ¿Y si hace cuatro años la balanza acusaba 60 kg porque sacaba un pie cuando la nutricionista no miraba? Entonces había trampa y la comparación es irrelevante.

En 2015, la deuda efectiva de la Provincia era de USD 11.204 millones, un 7,1% del Producto (71 kg), aunque la “oficial” que informaba el kirchnerismo era de USD 9.362 millones, un 6% del Producto (60 kg).

Poco afecto a la rigurosidad estadística (sacaba el pie de la balanza para esconder deuda, al igual que a los pobres y a la inflación), no incluía USD 1.840 millones (1,1% del Producto, unos 11 kg) de “esqueletos financieros”: es fácil tener deuda baja si olvidó registrar pasivos por USD 900 millones con el Banco Provincia; omitió contabilizar USD 600 millones por ocho meses de facturas impagas a proveedores de hospitales, escuelas y cárceles y USD 100 millones por mora en el envío de fondos a municipios, no previó el dinero para los aguinaldos de maestras, policías y enfermeras y no contabilizó deudas con la obra social y el instituto previsional provincial.

A junio de 2019, la deuda bonaerense es de USD 11.928 millones (8,3% del Producto, 83 kg), unos USD 700 millones más que la deuda real de 2015, y USD 2.600 millones más que la fabulada por el gobierno anterior. ¿Pero 83 kg es mucho o poco?

Es menos que los 112 kg (11,2% del Producto) que registran las catorce provincias argentinas con acceso regular al mercado de crédito internacional. Más delgado que los de su especie.

Parte de la confusión analítica de algunos fantasmas que agita la oposición es que evalúa la emisión de deuda bruta, no la neta (de pagos de vencimientos), que obviamente es la relevante. Sobre todo si la deuda nueva fue tomada a tasas más bajas (7,8% promedio en dólares versus 10,7% del gobierno anterior) y a plazos más largos (5,3 versus 3,3 años, respectivamente) que la anterior.

“No importa, todo aumento de deuda es malo”, gritaría un enfoque algo rudimentario de las finanzas públicas que idealizara volver a la economía medieval de “vivir con lo puesto”. Con igual criterio, habría que repudiar las compras con tarjeta o las cuotas para electrodomésticos; el descuento de cheques o el descubierto a empresas; o desaprobar a una familia que accedió a un crédito hipotecario sin tener en cuenta que incorporó una vivienda a su patrimonio En la esquina opuesta, un enfoque imprudente soslayaría: “cualquier aumento de deuda es bueno”. Depende cuánto y para qué. Que pueda devolverse en tiempo y forma y, aunque ambos destinos sean legítimos, no es lo mismo endeudarse para cambiar la heladera que para irse de vacaciones ¿Pero es músculo o grasa? La Provincia recuperó el superávit corriente en 2017 (solo excluye inversión), por lo que cualquier aumento de deuda es para obra. En el lapso en que la deuda provincial aumentó USD 700 millones (o USD 2.500 millones, si valía sacar el pie de la balanza), la Provincia habrá invertido USD 7.000 millones (un 6,5% del presupuesto de los cuatro años), casi el doble de los USD 3.800 millones registrados entre 2011-15 (3,5% del Presupuesto).

Porque más allá de la deuda financiera, en 2015 había otra deuda mucho más angustiante que condenaba a la pobreza estructural a millones de bonaerenses: en pleno siglo XXI, después de la presunta “década ganada” un 49% de habitantes sin cloacas y un 27% sin agua potable, cientos de barrios anegados por el barro y rutas que emulaban una caminata lunar, doce millones de personas expuestas a inundaciones cada día que llovía más de lo normal.

Por eso, en diciembre de 2015, María Eugenia Vidal fijó una prioridad: que cada peso conseguido lo destináramos a obras, porque es lo que hace la diferencia en la vida cotidiana de los más necesitados. 234 centros de salud en el conurbano, 66 guardias de los hospitales, cloacas nuevas para 700 mil personas, agua potable para un millón de habitantes, 300 obras hidráulicas, entre cientos de obras que terminarán este año Claro que la deuda social no quedará saldada en un mandato. Se habrá hecho recién la cuarta parte de las obras necesarias para devolver una infraestructura digna a los bonaerenses. Habremos “engordado” USD 700 millones de deuda a cambio de USD 7.000 millones de nuevo músculo para atenuar la deuda social acumulada en tres décadas. La alternativa era esperar cinco años para juntar el dinero para hacer las cloacas y las guardias de los hospitales. Los que no podían esperar son los millones de bonaerenses sin agua potable o con el agua a la rodilla por las inundaciones.

No está mal ser marxista, liberal, heterodoxo u ortodoxo.

Al contrario, el pluralismo enriquece el debate público. Lo que aporta poco es la inconsistencia: quejarse los lunes por la reducción de los subsidios, reclamar los martes exenciones impositivas y sorprenderse los miércoles por el nivel de deuda.

Como menos deuda es más ajuste, algún día aquellos que sobreactúan escandalizarse por el nivel de deuda y condenar a “ajustadores” sin percibir su contradicción, deberían explicar los “desajustes” que dejaron cuando fueron gobierno, que, invariablemente, pagan los vecinos y contribuyentes.

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