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El estado “Adueñado”, por Luciano Román

El prestigioso periodista y abogado publicó un interesante editorial en el diario La Nación, con la mirada puesta en el uso de los bienes del estado y el peligro de la “ola privatizadora”

rivatizaron Aerolíneas Argentinas, escuelas y universidades públicas. Nadie las vendió; nadie las compró. En realidad, se las han adueñado grupos minúsculos a los que les cuesta reconocer la naturaleza de las instituciones y de los bienes públicos, sometiéndolos a su propio manejo autoritario y utilizándolos como si fueran de ellos. Es una fenomenal regresión a los tiempos de Luis XIV: “El Estado soy yo”. Acá, en la Argentina atravesada por confusiones que el mundo ha superado hace más de doscientos años, un grupo de pilotos dice: “los aviones son nuestros” (aunque sean del Estado) mientras grupos de docentes actúan con el mismo criterio en una de las instituciones más sagradas del país: la educación pública.

Ni siquiera es totalitarismo, porque está muy impregnado de chapucería. Sería algo así como “todestarismo”, esto de que unos pocos (o unos muchos) se arroguen la condición de ser todos y se apropien, con vocación de usurpadores, de lo que verdaderamente es de todos.

No se pueden cuidar y defender los bienes del Estado si no se empieza por reconocer que no pertenecen a ningún sector, a ningún partido, a ningún administrador circunstancial ni a ninguna minoría de activistas. Este principio -por cierto demasiado básico- en la Argentina no está del todo asimilado.

Cuando los pilotos de Aerolíneas utilizan los aviones del Estado nacional para lanzar sus proclamas sectoriales, se desmerecen a sí mismos, pero aún peor: bastardean a Aerolíneas Argentinas y actúan no como servidores públicos sino como “patrones de estancia”. Ni siquiera se asimilan al sector privado, donde sonaría extemporáneo que se confundan roles, límites y responsabilidades con tanta torpeza y liviandad. Se asimilan más bien al “patrón de estancia”, al que se comporta de acuerdo a una máxima primitiva: “Esto es mío y hago lo que quiero”. Ya hay antecedentes: hubo pilotos del Estado que, para divertirse, le cedieron a Vicky Xipolitakis el lugar del comandante. Nos enteramos por Vicky. ¿De cuántas de estas actitudes de patrones de “estancias aéreas” no nos enteramos los contribuyentes que sostenemos Aerolíneas?

No se trata de cuestiones políticas o pseudoideológicas. Se trata de cómo entendemos y cómo tratamos a los bienes del Estado y a las instituciones públicas. Cuando son usurpadas por la militancia y el interés sectorial, se abusa de ellas, se las manosea, se les falta el respeto y se las degrada. Lo paradójico es que lo hacen quienes, en el plano retórico, proclaman todo lo contrario.

Algo similar ocurre en las escuelas públicas, cooptadas también por una pseudoideología que intenta enmascarar intereses políticos o sectoriales.

Cuando el Colegio Nacional Buenos Aires poco menos que tira por la ventana a dos pilotos de la Fuerza Aérea veteranos de Malvinas (que habían ido a dar testimonio desde su rol profesional), no hace otra cosa que ostentación de ignorancia y sectarismo. Pero muestra, además, esta suerte de apropiación de una institución emblemática de la educación pública que ahora se reserva el “derecho de admisión” como cualquier emprendimiento comercial. “Acá vienen los que nosotros queremos y dicen lo que nosotros queremos escuchar. Si no, se van o los echamos”. Este parece ser el mensaje. “El colegio soy yo” (como en el rancio absolutismo del siglo XVII).

Cuando el Nacional de La Plata -otra institución que supo ser orgullo de la educación pública- cede sus instalaciones para la campaña de los candidatos de un sector del kirchnerismo, también exhibe esta filosofía de los que creen ser “dueños” de la institución, en lugar de responsables administradores de un patrimonio tangible e intangible que nos pertenece, de verdad, a todos.

Es una confusión peligrosa y dejará, seguramente, marcas en las nuevas generaciones. Las escuelas no enseñan sólo en las aulas. Forman también con el ejemplo, con las conductas, con los valores que exhiben en su accionar cotidiano. Cuando confunden enseñanza con adoctrinamiento, traicionan su compromiso docente.

Muchas escuelas hoy corren el riesgo de asimilarse, cada vez más, a guetos ideológicos conducidos con mano férrea por quienes se han apropiado de ellas. Suena descabellado, pero hasta van en camino de crear sus propias banderas y su propio idioma. En las escuelas militantes se habla en “lenguaje inclusivo” y se aplica la gramática del arroba o de la “e”. En el Nacional de La Plata, por ejemplo, el pañuelo verde ha envuelto su fachada, donde la bandera argentina brilla por su ausencia. Se ha hablado bastante de esa escuela de Chaco en la que izaron la bandera cubana. Son, por supuesto, banderas respetables. Pero no representan a todos.

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