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Daniel Arroyo, el ministro clave para erradicar el hambre

Ocupará un rol central en Desarrollo Social. Perfil técnico, consenso y pensamientos de un “histórico” del primer kirchnerismo

A mediados de los noventa, Daniel Arroyo conoció a Néstor y Alicia Kirchner en la gobernación de Santa Cruz. Lo habían contratado como consultor y asesor en economía social y desarrollo local, sus áreas de especialidad. Con el tiempo, esa relación se convirtió en un vínculo personal y lo catapultó en mayo de 2003 para ser designado como Secretario de Políticas Sociales, primero, y luego viceministro de Desarrollo Social de la Nación de Alicia Kirchner. Era la etapa del “abismo” como solía definir el extinto presidente Kirchner: la población en situación de pobreza era del 54,7%; la indigencia se ubicaba en torno al 26,3% y se registraba 15,6% de desocupación.

En una suerte de eterno retorno, el diputado nacional de “Red por Argentina” regresará a la primera línea de fuego en el frente social. Casado hace 25 años con la misma mujer, y padre de dos hijos, su gestión será un auténtico revival. Antes de Cambiemos, cuentan quienes más lo conocen que Arroyo pasaba sus días en pensar políticas de “tercera generación”, es decir, el acceso a “nuevos” derechos como el bienestar, la protección del medio ambiente o la integración comunitaria, por mencionar algunas. Otra vez, le tocará dar respuesta a las mismas urgencias que le tocaron a cuando asumió en 2003: una situación social crítica, donde la pobreza -según el Indec- se acercará al 37% de la población cuando Mauricio Macri finalice su mandato.

Con el respaldo del presidente electo Alberto Fernández, el ministro de Desarrollo Social dio a conocer durante la transición el conjunto de políticas sociales que tiene en carpeta: un plan intersectorial contra el hambre, que tendrá fuerza de ley; la ley de góndolas, el escalamiento productivo de las cooperativas de la “economía popular” y la tarjeta subsidiada para cerca de 2 millones de personas que “comen salteado” y que se calcula en el 9,3% de la población.

“Hay cosas que las hacés en los primeros cien días o no las hacés más”, anticipaba Arroyo a fines de 2018, cuando no existía el Frente de Todos.

Arroyo retornará a un cargo de gestión del Estado tras un sinuoso recorrido por la política partidaria. A su instrucción académica en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y como licenciado en Ciencia Política (UBA), en la última década se consolidó como un dirigente con voz propia. A fuerza de insistencia en cuanto medio de comunicación y sector lo invite a debatir, se posicionó como el principal referente de la oposición al macrismo que instaló una agenda concreta en materia de política sociales.

Arroyo es uno de los exponentes de la heterogeneidad del Frente de Todos que se impuso en las urnas el 27 de octubre. Forma parte de la primera camada de licenciados en Ciencia Política que se egresaron tras la vuelta de la democracia, cuando la carrera se cursaba en la Facultad de Derecho. Uno de su mentores fue otro de los intelectuales de Flacso, el profesor Daniel García Delgado.

En lo político, al igual que otros ex adversarios de Cristina Kirchner, Daniel Arroyo tuvo su propio movimiento pendular y se vio tentado en varias de las aventuras electorales del PJ disidente. Coqueteó con Francisco de Narváez, y luego se alió Sergio Massa y Felipe Solá, a quien conoce de cerca desde la época cuando fue gobernador. En el medio, tuvo un paso como ministro de Desarrollo Social de Daniel Scioli e integró el directorio del Banco Provincia (Bapro) durante el período de María Eugenia Vidal.

Tras ese largo rodeo, el círculo se completó: Daniel Arroyo regresará, fortalecido, al punto de partida. La decisión de reagruparse con los viejos compañeros de ruta empezó a gestarse tras la “batalla de la reforma previsional” ocurrida en diciembre de 2017, tras la victoria de Mauricio Macri en las elecciones legislativas y cuando el sueño reeleccionista seguía en pie.

Sin embargo, el flamante ministro no suele pensar las lealtades en esos términos. Se considera, apenas, como un peronista “desarrollista”. “No es un ‘hombre de partido’ como Patricia Bullrich, que va a jugar dónde le dicen. Él construye su capital político partir de su prestigio. Quiere hacer una buena gestión”, dicen sus colaboradores.

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