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Coronavirus: otras voces y otros ojos para salir de la cuarentena

Por LUCIANO ROMÁN.- La crisis provocada por la pandemia exige instrumentos de precisión y convocar a expertos de diversas disciplinas para volver a pensar aspectos centrales de nuestra vida diaria

Por Luciano Román (*) -para La Nación

La salida de la cuarentena exigirá instrumentos de precisión. Habrá que dejar el serrucho y la cuchilla para tomar el bisturí. Se necesitará, además, una mirada más amplia y abarcativa. No solo enfrentamos una amenaza viral; enfrentamos el riesgo de un colapso económico, de una desmoralización y una angustia colectivas, de una generalizada anemia social. Enfrentamos la necesidad de repensar nuestros sistemas de educación, de transporte de pasajeros, de funcionamiento en los espacios públicos. Como dijo el brillante Andrés Malamud: «La epidemia es un asunto demasiado serio como para dejarlo solo en manos de los sanitaristas». Pero es un desafío que, además, les queda grande a todos los gobiernos.

Hay preguntas que buscan respuesta: además de un comité de epidemiólogos, ¿el Gobierno tiene o está buscando el asesoramiento de expertos en otras materias para enfrentar lo que vendrá? ¿Tenemos datos duros, información y estadísticas confiables y rigurosas para aplicar recetas y modelos eficaces? ¿Sabe el Estado cuántas personas, exactamente, han dejado de percibir ingresos durante la cuarentena? ¿Hay una radiografía precisa de los rubros productivos más afectados? ¿Hay datos sociológicos sobre las condiciones en las que enfrenta la población el aislamiento obligatorio? ¿Sabemos, por ejemplo, cuántas personas viven solas en los centros urbanos por cada franja etaria? ¿Sabemos cuántos empleados viven a más de 10 kilómetros de sus lugares de trabajo? ¿Sabemos cuántos alumnos van a la escuela en transporte público? ¿Cuántos estudiantes y cuántos docentes tienen computadora en sus casas? ¿Cuántos clientes bancarios operan por home banking y cuántos jubilados cobran por cajero? Sin datos de ese tipo, corremos el riesgo de que todo sea al voleo. Y que la salida gradual de la cuarentena pueda convertirse en un proceso traumático y caótico.

Muchos de estos datos faltan, porque también falta el aporte de muchos especialistas. A los empresarios no solo habrá que ayudarlos; habría que convocarlos para que aporten ideas. Tenemos en el país algunos de los mejores emprendedores tecnológicos. ¿El Gobierno no se tendría que sentar con los líderes de Mercado Libre, de Globant, de Despegar y de OLX para consultarlos sobre logística digital? ¿O está prohibido hablar con los CEO? Habría que llamar también a psicólogos y psiquiatras, a expertos en inteligencia artificial, en estadísticas y geografía poblacional, a diseñadores de software, incluso a artistas, filósofos, antropólogos y urbanistas. También tiene algo para decir la bioética y, por supuesto, los economistas, los juristas y los expertos en relaciones internacionales. ¿Alguien (más allá de los periodistas) les ha pedido estudios, opiniones, perspectivas? Habría que garantizar, además, una mirada verdaderamente federal, preservada de los sesgos porteño-céntricos. Y por supuesto, una convocatoria amplia, sin prejuicios ideológicos ni recelos mezquinos. Muchos gobiernos europeos ya han empezado a transitar este camino. Francia y Alemania han creado comités multidisciplinarios que aportan una mirada estratégica. Serán los estadistas los que, con una visión integradora, tengan la última palabra.

Frente al tamaño de la crisis, ¿qué están haciendo y qué están diciendo las universidades? De ellas se espera mucho más, no solo que garanticen el dictado de clases virtuales. En épocas de grandes cambios y de complejos desafíos, las universidades deberían ser un hervidero de ideas, un reservorio de información confiable, una garantía de mirada amplia. ¿Lo son? La simbiosis entre kirchnerismo y universidad pública ¿servirá para algo más que atajos demagógicos y trasiegos presupuestarios? ¿O será que esa misma simbiosis ha desnaturalizado su verdadera esencia y debilitado su capital simbólico?

No estamos viviendo una crisis como otras. Si sacamos la guerra, el terrorismo y la dictadura, esto es peor que todo lo conocido. No podemos mirar solo la fachada de la cuarentena ni imaginarla con trazo grueso o estereotipos uniformes. Hay que auscultar el sentimiento social. Y así comprobaremos que dentro de las cuatro paredes en las que se cumple el encierro hay angustia, hay ansiedad e incertidumbre; hay tedio, fatiga y soledad. Hay padres que no ven a sus hijos e hijos que no ven a sus padres; hay familias que conviven «a presión», agobiadas por la hostilidad y hasta por la violencia doméstica; hay personas que no ven el sol; hay chicos asfixiados; hay amas y amos de casa a los que desbordan el teletrabajo y la sobrecarga de tareas hogareñas; hay parejas que se extrañan y no se pueden encontrar. También hay creatividad, vida interior, descubrimiento, fertilidad intelectual, encuentro familiar. Pero no es esa la foto que representa a la mayoría. Detrás de la cuarentena hay millones de familias hacinadas que sufren el frío, la lluvia, la humedad, los mosquitos y el miedo al despojo, entre otras asechanzas. Viven en barrios en los que el encierro se torna inhumano.

Es sabido: también están los náufragos de la cuarentena; los que han quedado lejos de sus hogares, varados en otros países o en otras provincias. Es un drama aparte, y aún espera solución.

Cuando estas urgencias queden de un modo u otro aliviadas, asomarán nuevos retos. Además de reconstruir la economía y restaurar el tejido social, habrá que reinventar, por ejemplo, la educación y los sistemas de trabajo en muchos sectores. Habrá que administrar un proceso acelerado de digitalización y reconfigurar espacios urbanos. Y habrá que crear una nueva jurisprudencia para atender situaciones inéditas en el plano de las relaciones contractuales, de las obligaciones y del empleo. Habrá que diseñar, probablemente, una nueva ingeniería del Estado. Quizá suene exagerado, pero el mundo, de alguna forma, deberá repensarse en muchos de sus aspectos vitales. Habrá pérdidas enormes y, seguramente, también se acelerarán algunos logros y conquistas. Es razonable imaginar, por ejemplo, que en la era del Zoom, el home office, el distanciamiento social y la escuela virtual, el año que viene no haremos largas colas para votar con boletas de papel. El voto electrónico ya no se podrá demorar más. Pero todo esto demandará un abordaje quirúrgico en varios frentes a la vez. Y en un país demasiado acostumbrado a la improvisación y la chapucería, haríamos bien, de una vez por todas, en apostar al trabajo serio, preciso y de calidad, al aporte de equipos multidisciplinarios que manejen el lenguaje del futuro.

La mesa que reúne a líderes de distinto signo político y a un comité de científicos expresa, sin duda, un espíritu constructivo y alentador. Pero quizá falte incluir en ella a otros actores. Se trata de aunar esfuerzos y talentos no solo para definir estrategias frente a la pandemia, sino también para responder a las exigencias de la pospandemia.

Está claro, entonces: hará falta un gran sistema de «interconsultas», una gran capacidad de planificación y de logística, así como enormes dosis de creatividad y profesionalismo para enfrentar lo que viene. Habrá que reescribir manuales en casi todas las disciplinas. Lo que dijo Malamud: demasiado para dejarlo solo en manos de los sanitaristas. Demasiado, también, para que el Gobierno lo haga solo.

(*) El autor es abogado y periodista.

 

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