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Duro Editorial de Luciano Román sobre Florencia Saintout y el futuro de la ciudad de La Plata

El prestigioso periodista y abogado describe el crucial momento que atravesarán los vecinos de “la ciudad de las diagonales” el próximo 27 de Octubre en las elecciones

Entre la anemia del sector productivo, un Poder Judicial infectado de corrupción, la degradación y la pérdida de autonomía de la universidad y el debilitamiento de las propias instituciones de la sociedad civil, la capital de la principal provincia argentina está a punto de embarcarse en un exótico experimento: dejarse gobernar por una secta.

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Desde 1983 hasta ahora (con aciertos y errores de todo calibre), La Plata estuvo gobernada por radicales y peronistas. Ahora se asoma a lo desconocido: delegar el poder en una especie de vanguardia iluminada que reivindica al chavismo de manera explícita y que, desde una suerte de gueto universitario, ha desafiado todas las reglas del pluralismo y la institucionalidad. Bajo el ropaje de una vertiente peronista, la candidata a intendenta Florencia Saintout representa, en rigor, algo diferente del propio kirchnerismo, diferente incluso de La Cámpora y, por supuesto, del peronismo clásico. Lidera una facción sin anclajes territoriales, cuyo poder ha crecido desde la conducción de una Facultad de Periodismo que ha ensalzado, como modelo comunicacional, el formato de 6,7,8, es decir, que ha traicionado cualquier compromiso con el periodismo para embanderarse en un ejercicio de fanatismo panfletario. Políticamente, es un grupo ultraverticalista y dogmático que se alejó del peronismo para recostarse sobre Maduro, Quebracho, Hebe de Bonafini, Zaffaroni y Víctor Hugo Morales. Todos ellos integran una suerte de único tribunal honorífico al que se somete Saintout.

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Imaginar este experimento en el gobierno de una de las principales ciudades argentinas obliga a examinar el modelo de Periodismo y multiplicarlo por 500. Esa es, al menos, la diferencia matemática que habrá entre una gestión y otra si se la mide “en plata” (la facultad tuvo este año un presupuesto de 22 millones de pesos contra uno de casi 10.000 millones del municipio de La Plata). La gestión de Saintout abandonó desde el inicio cualquier noción de administración de una institución pública para aplicar una fórmula de “apropiación”, basada en la persecución de disidentes, la imposición de “listas negras” y la abrupta ruptura de los valores de neutralidad y pluralismo. Las herramientas fueron varias. Se apeló al vaciamiento de cátedras “enemigas” y crearon cursos “mellizos” con profesores “del palo”. Para ser “enemigo” no era necesario estar en las antípodas ideológicas: bastaba una mínima discrepancia. Se designaron docentes como Fernando Esteche (el líder de Quebracho recientemente excarcelado). Hasta se castigó a los estudiantes con la cancelación unilateral de pasantías rentadas en la redacción de El Día, el diario más importante de la provincia. No querían que los alumnos “se contaminaran” con el periodismo profesional, aunque eso los privara de una oportunidad laboral y, sobre todo, de aprendizaje. Administraron con opacidad inmensos recursos que enviaba Julio De Vido y “cajas discrecionales” como la de una editorial exclusiva para “los propios”.

Fernando Esteche: "La dignidad de nuestras culpas"

Saintout tuvo sus primeros minutos de fama cuando abandonó la tradición de entregar el premio Rodolfo Walsh a figuras con trayectoria profesional y decidió, con más audacia que argumentos, entregárselo a Hugo Chávez, a Evo Morales y a Bonafini, entre otros supuestos referentes de la “comunicación popular”. Quebró otro límite cuando le puso al edificio de la facultad el nombre “Néstor Kirchner”. No hubo lugar para el debate: al que no le gustara que se fuera. Eso sí: en nombre del progresismo y de la “universidad pública”. El eslogan no se mancha. Solo se lo vacía de contenido. Ojalá todo quedara en “premios”, símbolos y audacias provocativas. El “modelo Saintout” ha sido un modelo de apropiación de lo público en el sentido más radical; ha colonizado espacios de poder (tiene hasta un multimedios propio) para amputarles toda diversidad y pluralismo. Si en Periodismo no hubo quema de libros (como en la Inquisición), solo ha sido porque en la era digital la censura se aplica de otra manera. Pero si alguien encontrara en programas de esa facultad bibliografía que contradiga el catecismo de “la secta”, merecería más que el premio Rodolfo Walsh.

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¿Cómo se llevará este sectarismo de discurso único con los desafíos que implica una gestión municipal? Gobernar una ciudad es administrar la diversidad, la heterogeneidad, los matices, las verdades relativas. El progresismo urbano implica integración e inclusión, no fanatismos ni embanderamientos incondicionales. Exige liderazgos flexibles, con sensibilidad para generar consensos, y no “iluminados” dogmáticos. Si no se entendió que la universidad es “de todos” y no “de algunos” que se arrogan “el todo”, ¿se entenderá que las ciudades son de sus vecinos y no de sus gobiernos? ¿En la ciudad de la secta se tirará la estatua de Joaquín V. González para erigir la de Chávez?

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El experimento de “un gobierno de secta” tendría como escenario una capital ya degradada, que en muchos aspectos ha tocado fondo. Desembarcaría en una ciudad con las defensas bajas, casi sin anticuerpos. En la Justicia platense han hecho escuela los Melazo y los Ordoqui. Los partidos políticos son casi sellos de goma. La universidad se ha degradado a sí misma y buena parte del sindicalismo se ha convertido al “patoterismo voraz” que expresan los Balcedo y los Medina. Las instituciones se han debilitado por la excesiva dependencia de los poderes de turno y las migajas del Estado. El comercio y el cordón productivo languidecen. Ninguneada hasta por sus gobernadores (desde Duhalde en adelante, casi ninguno ha vivido en La Plata como lo exige la Constitución), parece una ciudad resignada al parasitismo estatal.

Más allá de una previsible degradación institucional y un deterioro de la convivencia democrática, ¿en qué se traduciría este experimento de chavismo explícito en la capital de Buenos Aires? ¿Se alentaría subrepticiamente un fenómeno ya descontrolado en La Plata, como el de las usurpaciones? ¿Se legalizarán las mafias del comercio ilegal para dar vía libre a la expansión de “saladitas”? ¿Se aplicarían sobretasas asfixiantes a quienes tengan un departamento como renta? ¿Se desalentaría la inversión privada? ¿Se financiarían desde el municipio proyectos de “comunicación popular” contra la “prensa hegemónica”? ¿Crearían “retenciones” al comercio para financiar a la “militancia organizada”? ¿Se consagrará un cupo laboral para presos, como propuso Saintout cuando era concejala mientras la aplaudía uno de los asesinos de José Luis Cabezas? ¿Se aplicarán los estrafalarios ideologismos de Esteche, expuestos en una tesis doctoral que dirigió la propia Saintout? ¿Designarían a Luis D’Elía al frente de una Secretaría de Seguridad y Control Urbano? Nada de esto lo sabemos, aunque podamos tener justificadas sospechas. Hoy todo está escondido bajo un manto de ambigüedad e impostada moderación.

En Periodismo, Saintout fue por todo y no encontró barreras. Ahora va por todo en una ciudad en la que ha aflorado el espíritu “maradoniano”; una ciudad que desde el fondo de la tabla espera el milagro salvador y parece dispuesta a cualquier experimento. La Plata fue un faro del conocimiento, de la convivencia, la rebeldía intelectual y las vanguardias académicas. Fue una ciudad que cultivó el genuino progresismo. ¿Entregará su destino a una secta que va por todo y representa “la arrogancia empoderada”? En pocos días lo sabremos.

Luciano Román, abogado y periodista, en el Diario La Nación

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