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La cultura del trabajo, resentida por la cuarentena

La nota de opinión de Luciano Román

Por Luciano Román* -para La Nación

Hace unas semanas, cuando se autorizó la práctica de deportes individuales, miles y miles de argentinos descubrieron que estaban «fuera de estado». Después de cinco meses de parálisis habían perdido competitividad, agilidad, capacidad de reacción y hasta reflejos. ¿Fue un anticipo (acaso metafórico) de lo que le ocurrirá a la sociedad argentina cuando salga otra vez a la cancha después de una infinita cuarentena? En tantos meses de parálisis, es inevitable que se hayan atrofiado algunos músculos sociales. Se han perdido energía, vitalidad, impulso y concentración. Como ocurre también con los motores cuando pasa mucho tiempo sin que se los encienda, volver a ponerlos en marcha no resulta fácil ni se logra inmediatamente. Es un impacto que cuesta dimensionar, pero que, probablemente, implicará un alto costo económico-social en el corto y en el mediano plazo. Es, además, una secuela que se conecta con un interrogante de fondo: ¿se está resintiendo -como consecuencia de la cuarentena- la cultura del trabajo en aquellos sectores que la tenían incorporada?.

Las escuelas, las universidades, los organismos públicos y la Justicia, pero también muchos comercios, fábricas e industrias viven desde marzo entre la parálisis o el funcionamiento a media máquina. Algunos se han adaptado con agilidad a nuevas formas de trabajo, y en varios casos lo han hecho con éxito. Pero otros atraviesan la cuarentena como una especie de letargo indefinido del que no será fácil salir.

Las escuelas, las universidades, los organismos públicos y la Justicia, pero también muchos comercios, fábricas e industrias viven desde marzo entre la parálisis o el funcionamiento a media máquina. Algunos se han adaptado con agilidad a nuevas formas de trabajo, y en varios casos lo han hecho con éxito. Pero otros atraviesan la cuarentena como una especie de letargo indefinido del que no será fácil salir. Hay gente a la que le cuesta imaginar la vuelta al trabajo, ya sea porque se ha amoldado a una nueva vida, porque ha encontrado otras maneras de generar ingresos o porque, simplemente, ha extraviado el hábito y la disciplina. En ámbitos del pequeño y el mediano empresariado vislumbran un escenario traumático. Temen un incremento de pedidos de licencias, de retiros anticipados y planteos unilaterales de reformulación de compromisos laborales. Algunos imaginan un aluvión de litigios judiciales. ¿Y en el Estado? Las oficinas públicas, en general, llegarían a fin de año cerradas a cal y canto. Cuando reabran, ¿aumentarán los índices de ausentismo y licencias prolongadas, que ya son muy altos en toda la administración?.

La pérdida de vitalidad y de energía social tal vez sea un costo subestimado y no debidamente cuantificado. Pero vale la pena, a esta altura, ponerlo sobre la mesa y plantear algunos interrogantes. ¿Cuánto tiempo llevará recuperar un ritmo de actividad parecido al normal en ámbitos como el de las escuelas, por ejemplo? No se tratará solo de volver a funcionar, sino de lidiar con una enorme sobrecarga de asuntos y tareas pendientes. Si la psicología ya ha diagnosticado las dificultades de retomar la rutina después de unas vacaciones, no es difícil imaginar el estrés social que implicará el reinicio después de un año de cuarentena. Hay que computar, además, el impacto que implicará volver a actividades resentidas, golpeadas y achicadas como consecuencia de una parálisis tan extensa. En muchos rubros, habrá que volver a empezar, no solo con protocolos, sino también con nuevas estructuras y pautas de funcionamiento.

Tal vez debamos prepararnos para una especie de proceso de rehabilitación similar al que deben encarar los pacientes que sufrieron un reposo prolongado. Y asumir que implicará un tránsito dificultoso, que iniciaremos con alguna debilidad, con notorias limitaciones y con las inevitables secuelas de una parálisis o semiparálisis que se ha hecho eterna. No se habla mucho del efecto anestésico que ha provocado la cuarentena y de las secuelas que eso podría dejar sobre el tejido social y productivo del país. En estos días de orfandad para Mafalda, tal vez sea oportuno recordar una de sus tantas frases geniales: «En la vida no hay premios ni castigos, hay consecuencias». Y las consecuencias de un año a media máquina serán inevitables. La sociedad, en estos meses, ha tenido que poner la cabeza en otra cosa; ha incorporado temores que no tenía; ha debido asimilar restricciones y limitaciones traumáticas, además de adaptarse a cambios muy abruptos en su vida cotidiana. Todo eso le ha absorbido energías, ha hecho mella en su ánimo y hasta en su equilibrio emocional. Con esa mochila sobre las espaldas se deberá intentar, algún día, volver a la normalidad.

Nada de esto será gratis en términos simbólicos, emocionales y psicológicos, para no hablar -una vez más- de las pérdidas afectivas y materiales que nos dejarán heridas profundas. No es inocuo, para una sociedad, recuperarse de un trauma como el que estamos atravesando ni superar alegremente las marcas que dejan los discursos del miedo enarbolados desde el poder. Enfrentamos un riesgo nuevo: el de una sociedad fuera de estado, desentrenada para esas cosas fundamentales como son el trabajo, el estudio, el esfuerzo de ganarse la vida todos los días. Se ha repetido tanto «quedate en casa» que hay muchos que no quieren volver a salir. Hay actividades y personas que no han aflojado, no se han paralizado; algunas -incluso- han crecido o se han reinventado durante el encierro. El teletrabajo ha mantenido activos ciertos músculos laborales y hasta ha implicado una mayor exigencia. Pero hay una polea productiva que se ha detenido, hay rutinas laborales que han desaparecido, hay un flujo de actividades que se ha frenado casi por completo. Volver a ponerlo en marcha será, seguramente, muy difícil. ¿Cuánto tiempo y qué medidas demandará la recuperación de hábitos, rutinas y disciplinas perdidas? Son preguntas que quizá necesiten una especial planificación y hasta un monto excepcional de esfuerzos individuales y colectivos.

Es probable que en algunos sectores la vuelta a la normalidad se produzca con ímpetu y con naturalidad, mientras que en otros quizá cueste mucho volver a mover los engranajes y recobrar un ritmo fluido. Las familias también han perdido su rutina y se han visto obligadas a elaborar otras sobre la marcha. Retomar el ritmo precuarentena será a la vez un desafío en el ámbito hogareño, donde los chicos y las parejas se quedaron también sin su propia normalidad.

No hay antecedentes de ajustes tan acelerados y repentinos en el funcionamiento de una sociedad. De un día para el otro desapareció nuestra rutina tal como la conocíamos y hubo que adaptarse a marcha forzada a nuevos mecanismos de trabajo, de organización doméstica, de interacción social, de comunicación. ¿Cuánto de todo eso va a permanecer? ¿Cuánto volverá a ser como antes? ¿Cuánto se habrá perdido definitivamente? Son preguntas que todavía no encuentran respuesta, pero que exigen, a escala social e individual, prepararse para lo desconocido. Es probable que el modelo de la oficina sufra una transformación con la irrupción del teletrabajo y el Zoom. Y que muchos empleos se modifiquen al ritmo de una digitalización acelerada.

Tal vez llegue un tiempo en el que los infectólogos les deban ceder protagonismo a los psicólogos. En cualquier caso, la adaptación a lo nuevo dependerá de las dosis de flexibilidad, razonabilidad y fortaleza de la propia sociedad, tanto en los ámbitos familiares como en los laborales, así como en los espacios de la interacción social. El país y el mundo no serán los mismos. Nosotros tampoco. Esa «nueva normalidad» de la que hablamos sin saber del todo qué alcances y qué contornos tendrá nos pondrá a prueba una vez más. Como a las sociedades de posguerra, nos tocará lidiar con las secuelas de un trauma que ha trastocado nuestras vidas. Serán nuestras reservas de ética y de buena voluntad las que nos ayuden para volver a empezar.

*El autor es periodista y abogado.

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