Un informe del Observatorio Vial de CECAITRA repasa los modelos de Suecia, Noruega y España, tres naciones que lograron desplomar sus cifras de mortalidad a través de políticas de Estado integrales y sostenidas a largo plazo.
¿Qué tienen en común los países que lograron los mejores resultados en seguridad vial? No existe una ley, una tecnología o una campaña que explique por sí sola sus avances. Detrás de las cifras hay algo más complejo: sistemas de seguridad vial construidos durante años, con objetivos claros, información, controles, infraestructura, educación y coordinación entre distintos organismos.
El Observatorio Vial de CECAITRA analizó algunas de las experiencias más exitosas del mundo para identificar qué elementos pueden funcionar como referencia para continuar fortaleciendo las políticas de seguridad vial en la Argentina.
Uno de los casos que transformó la manera de pensar el problema es Suecia. En 1997 adoptó la llamada “Visión Cero”, basada en un principio sencillo: ninguna muerte o lesión grave en el tránsito es aceptable. La responsabilidad de evitar esas consecuencias no recae exclusivamente en quien conduce. También alcanza a quienes diseñan las rutas, las calles, los vehículos y las políticas de movilidad. Ese concepto modificó la pregunta. Ya no se trató solamente de cómo lograr que las personas no cometan errores, sino de cómo diseñar un sistema capaz de tolerar esos errores sin que necesariamente terminen en una tragedia.
Noruega llevó esta filosofía a un modelo de gestión particularmente desarrollado. Su actual Plan Nacional de Acción para la Seguridad Vial 2026-2029 reúne unas 200 medidas y compromete a organismos de transporte, seguridad, salud, educación, gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil. El objetivo es reducir progresivamente las víctimas hasta alcanzar cero muertes en 2050. En 2024 el país registró solamente 87 fallecidos en sus rutas.
Pero quizás el ejemplo más interesante para la Argentina sea el de España. Allí, la reducción de la mortalidad no fue un hecho aislado, sino el resultado de un sistema integral que supo combinar legislación, fiscalización, infraestructura, educación y tecnología.
El punto de inflexión fue la implementación de la licencia por puntos en 2006. Desde entonces, las víctimas fatales se redujeron más de un 50%: pasaron de 4.104 fallecidos en aquel año a 1.785 en 2024. Sin embargo, el scoring nunca funcionó como una medida solitaria. España lo respaldó con una fuerte red de fiscalización electrónica mediante radares y controles masivos de alcohol y drogas. Al mismo tiempo, desplegó intensas campañas de concientización, ejecutó mejoras estructurales en las rutas, diseñó políticas para proteger a peatones y motociclistas, y consolidó un sofisticado sistema de recolección de datos para evaluar cada paso.
Su actual programa Estrategia de Seguridad Vial 2030 se estructura en nueve áreas que incluyen a las personas, las conductas de riesgo, las ciudades, las vías, los vehículos, la respuesta ante los siniestros, los datos, las organizaciones y la integración de políticas.
La enseñanza más importante de estas experiencias es que la seguridad vial funciona cuando deja de ser una suma de acciones aisladas y se convierte en una política transversal y permanente.
Argentina también ha desarrollado herramientas en esa dirección. Cuenta con organismos especializados, estadísticas nacionales y provinciales, sistemas de fiscalización y políticas destinadas a reducir factores de riesgo. El desafío permanente es profundizar la articulación entre esas herramientas, evaluar sus resultados y adaptar las políticas a las características de cada región y de cada usuario de la vía pública.
La comparación internacional no debería plantearse, entonces, como una competencia para determinar qué país lo hace mejor. Su verdadero valor está en identificar qué decisiones produjeron resultados y cómo pueden adaptarse a la realidad del tránsito en Argentina.
La experiencia de Suecia muestra la importancia de cambiar el paradigma; Noruega demuestra que esa visión puede transformarse en un plan nacional con objetivos medibles y responsabilidades concretas; y España ofrece un ejemplo de cómo combinar legislación, fiscalización, tecnología, infraestructura y educación durante décadas.
Son caminos diferentes, pero comparten una premisa central: una muerte en el tránsito no es el resultado inevitable de un error humano, sino la falla de un sistema que debe ser revisado y perfeccionado. Este es el gran aprendizaje global. La seguridad vial no se decreta; se construye midiendo, evaluando y sosteniendo las políticas en el tiempo.
En este proceso, analizar los modelos de los países que lograron bajar drásticamente su mortalidad aporta un valor estratégico indispensable. El verdadero desafío de fondo no pasa solo por exigirle al usuario que conduzca mejor, sino por diseñar un entorno vial que no cobre vidas cada vez que alguien se equivoca.















