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‘Aportes para atender la brecha social’, por Daniel Arroyo

El sociólogo y diputado nacional de “red por Buenos Aires” hace un profundo análisis sobre la pobreza estructural en Argentina. Su nombre, suena para ocupar el ministerio de Desarrollo Social de un eventual gobierno de Alberto Fernández

La Argentina está sufriendo algo más que una crisis en estos últimos meses: vivimos una verdadera catástrofe social. No son dificultades acotadas a una región geográfica, una rama específica del entramado productivo o un sector de la sociedad. El desplome de los indicadores afecta de modo transversal a la mayoría de los actores económicos y sociales de todo el país. Este momento requiere gran responsabilidad de la dirigencia, porque tenemos que parar la caída social de manera urgente.

Más de la mitad de las chicas y los chicos son pobres: muchos sufren el hambre y cenan, con suerte, un pedazo de pan y mate cocido. Los comedores están desbordados y tratan de hacer lo que pueden con lo poco que tienen. Entre los jóvenes de los centros urbanos se registran los números más altos de desocupación. El deterioro de la actividad económica impacta a quienes sobreviven con trabajos informales y frena el mundo de las changas.

Las pequeñas y medianas empresas están en una situación muy compleja. Se observa una destrucción de los puestos de trabajo registrados en la industria y en la provisión de servicios.

Y surge un fenómeno nuevo y doloroso: son muchos los que se funden trabajando, porque el deterioro de la capacidad adquisitiva de sus salarios hace que corran de atrás a la suba del precio de los alimentos, de los alquileres y de las tarifas de servicios públicos.

Miles de familias se ven obligadas a endeudarse a tasas usurarias, tomando préstamos no bancarios que no obedecen ni a regulaciones oficiales ni a ningún tipo de regla social básica.

Muchas personas se sienten culpables por la situación que atraviesan: no se animan a contarles a sus amigos y familiares las deudas que tomaron y sienten que los asfixia; o que les cuesta llegar a fin de mes; o que sufren por la falta de empleo. Es una implosión social, que desemboca en muchos casos en depresión puertas adentro.

Nadie quiere que todo explote por el aire, porque sabemos que no funciona el “cuanto peor, mejor”. No podemos permitir que haya argentinas y argentinos que bajen los brazos, que se caigan. Uno de nuestros grandes activos son las redes de solidaridad que siempre se ponen en marcha ante las demandas sociales.

Necesitamos impulsar un nuevo contrato social que actúe en dos tiempos: por un lado, poniendo un piso a la caída social; por otro, pensando a mediano y largo plazo en un modelo de desarrollo igualitario.

Es urgente resolver lo básico. Tenemos que garantizar el derecho a la alimentación, logrando que sean accesibles los productos de la canasta básica. Comer tiene que ser barato, porque somos un país que produce alimentos para 440 millones de personas.

No hay nada más brutal que la caída del consumo de leche, algo irremplazable en cualquier política de cuidado de nuestras niñas y niños. Hay muchas estrategias que podemos llevar adelante: además del reintegro del IVA para los productos de la canasta alimentaria; el establecimiento de una ley de góndolas; el fortalecimiento de los pequeños productores de la agricultura familiar y la economía popular que son quienes producen buena parte de las verduras, las frutas y los productos frescos que consumimos.

Es necesario cortar con el endeudamiento que sufren las familias, con préstamos muchas veces tomados con devoluciones diarias. Debemos activar un sistema masivo de crédito no bancario para darle aire a las economías familiares.

Otro eje es proteger la industria textil, la construcción, la metalmecánica y el turismo, que son las principales fuentes de empleo para las mujeres y los jóvenes, donde se concentran las mayores tasas de desocupación. Y promover un plan de obra pública, con tareas de pico y pala.

Entendemos que allí donde está uno de nuestros problemas centrales está también una de las posibilidades de salir adelante y crear empleo de forma intensiva: hacen falta casi tres millones de nuevas viviendas y una cifra aún superior de ampliaciones y soluciones habitacionales. Y se requieren mejoras en plazas, parques, escuelas y hospitales públicos.

Estas son medidas para tomar de forma rápida ante la emergencia social y laboral. El desafío es pensar también en políticas de fondo, que resuelvan problemas estructurales. ¿Qué modelo de desarrollo necesita la Argentina? ¿En qué áreas productivas somos competitivos? ¿Qué sectores son socialmente relevantes porque protegen y potencian el mundo del trabajo? ¿Cuál es el rol de la economía popular? ¿Es posible crecer solo en base a soja, petróleo y minería?

¿Cómo podemos generar un modelo de desarrollo que vincule la inserción en un mundo globalizado con la protección del mercado interno? ¿Cómo poner en marcha un Estado que tenga un rol activo en el impulso de los sectores productivos y, a la vez, brinde servicios de educación y salud de calidad? ¿Cuáles son las formas colectivas de movilidad social ascendente que queremos promover?

Esas son algunas de las preguntas que se nos plantean. Las respuestas requieren meterle cuerpo e inteligencia y un gran debate colectivo. Debemos dejar atrás las grietas políticas para resolver las brechas económicas y sociales. Cuando hablamos de que la construcción del futuro de nuestro país es entre todos, no nos referimos a una cuestión electoral: sabemos que hacen falta los esfuerzos de cada uno de los argentinos y argentinas para ofrecernos un nuevo horizonte de esperanza.

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