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Los excesos de la corrección política y el virus del fanatismo

La nota de opinión del prestigioso periodista y abogado, Luciano Román

Por Luciano Román –para La Nación

Es lo mismo disfrazarse de Aladino para una fiesta escolar que declararse admirador del Ku Klux Klan y adherir al supremacismo blanco? Noticias de los últimos tiempos confirman que, en nombre de la corrección política, se están llevando algunas cosas demasiado lejos. Los virus del fanatismo y el absolutismo parecen impregnar algunas causas que merecerían más rigor, más cuidado y quizá menos esnobismo.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, este año tuvo que enfrentar un escándalo porque se conocieron antiguas fotos suyas en las que aparece caracterizado como Aladino en una fiesta de fin de curso. Fue tipificado como un acto de “racismo” y él (un abanderado del progresismo cultural) llegó a autoflagelarse con ese adjetivo. Daban ganas de defenderlo de sí mismo. No parece hacerle demasiado bien a la lucha por la igualdad este empeño en calificar de racistas actitudes casi inocentes, que nada tienen que ver con un repugnante sentimiento de superioridad racial ni de descalificación del otro por razones étnicas. Pero a esto llegamos. Con llamativa ligereza se enjuicia a cualquiera como “discriminador”, “excluyente”, “machista” o hasta “abusador”.

Claro que no se necesita integrar el Ku Klux Klan para ser racista y que, muchas veces, adquieren esa categoría conductas discriminatorias en la vida diaria. Pero eso no habilita a poner en pie de igualdad actitudes de violencia inaceptables con otras que, en el peor de los casos, podrían calificarse de desafortunadas y que quizá ni siquiera lo sean. Esta militancia hipersensible está echando raíces entre nosotros, sobre todo entre los jóvenes intelectuales y en franjas “bien pensantes” que se atribuyen el monopolio del progresismo. Amplificado por las redes sociales, el fenómeno adquiere contornos peligrosos. En los “tribunales populares” de Twitter y Facebook, muchos son condenados por estas actitudes, sin que importen las pruebas, las intenciones ni la proporción de las cosas.

La cantante Ángela Torres tuvo la loca idea de hacerse un peinado “afro” y subir la foto a Instagram. Una patrulla de “comisarios de la corrección política” (de las tantas que operan en las redes) la acusó de “apropiación cultural” y le endilgó un desliz racista por peinarse al estilo de las mujeres afroamericanas. ¿Se dimensiona lo que significa una actitud racista? ¿Es lo mismo Ángela Torres que una banda de skinheads? Escuchar jazz o bailar rumba ¿también sería “apropiación cultural”? ¿Renunciamos al mestizaje cultural para cavar más trincheras y exacerbar la fragmentación?

Estas reacciones son importadas de universidades norteamericanas y europeas donde la corrección política ha conducido, extrañamente, a persecuciones, censuras y enjuiciamientos idénticos a los de formatos dictatoriales. Se ha pervertido el progresismo, convirtiéndolo en un “cepo intelectual” en el que no se admiten “desviaciones”. En nombre de una supuesta “pureza ideológica”, están casi prohibidos el sentido del humor, los desacuerdos y los matices. Se ha impuesto un “código moral” según el cual (por ejemplo) usar sombrero mexicano si no se es mexicano “puede ser percibido como racista”, según el nuevo puritanismo del “progresismo identitario”.

Movimientos que han hecho y pueden hacer extraordinarias contribuciones, como el feminismo o el ambientalismo, corren el peligro de caer en extremos que desnaturalizan sus mejores intenciones para mezclarlas con autoritarismo y prepotencia intelectual. Ocurre también con otras causas muy respetables, desde el veganismo hasta los movimientos contra la discriminación y el maltrato animal. Está muy bien ser vegano, si es que no salimos a perseguir, estigmatizar y condenar a aquellos que no lo son. Nadie puede discutir la defensa de los animales, si no caemos en el delirio de prohibir que los gallos se junten con las gallinas “para evitar el abuso sexual” (como propone una minoría en España). En algunos casos, parecería que la tilinguería y el dogmatismo podrían terminar manchando banderas que merecen más respeto.

La corrección política está llegando a extremos ridículos. Cambiar el final de Carmen, una ópera del siglo XIX, por considerar que el público terminaba aplaudiendo un femicidio es caer en una trampa peligrosa: la de juzgar el pasado con los ojos del presente. ¿Van a “corregir” los cuadros del Louvre en los que la mujer aparezca “cosificada”? ¿Vamos a descalificar a Thomas Jefferson porque tuvo esclavos en la época de la esclavitud? ¿Vamos a suprimir a Platón acusándolo de “supremacista blanco”? ¿Vamos a censurar poemas de Neruda que puedan interpretarse como una exaltación del machismo? Ya hay muchos que proponen algunas de estas cosas en nombre de un supuesto progresismo cultural.

Como pasa con el “lenguaje inclusivo”, el peligro reside en la pretensión de imponer y en creer que “la justicia” y “la verdad” están de un solo lado. El que no incorpora el diccionario “inclusivo” es “excluyente”. No importa que lo animen razones técnicas o argumentos lingüísticos. Cabe preguntarse, también, si esa prepotencia intelectual no está más nutrida de eslóganes que de estudio y densidad argumental. Seguramente tenemos mucho que aprender y reparar para no ofender ni herir a nadie; para ser más respetuosos e inclusivos. Pero no reemplacemos una discriminación por otra; una agresividad y un atropello por otros de signo distinto.

Se ha generalizado también una suerte de “aplanamiento” del juicio que puede, a la larga, mermar la credibilidad de las denuncias. Cualquier cosa es “abuso” (desde el forzamiento hasta el piropo desubicado); cualquiera es racista (desde el antisemita hasta quien se disfraza de Pocahontas); cualquier cosa es “discriminatoria” (desde la xenofobia hasta una pregunta sobre el lugar de nacimiento). Por ese camino se ha llegado al absurdo. En universidades extranjeras hay grupos que quieren prohibir Blancanieves y La bella durmiente porque ven, en esos cuentos infantiles, “estereotipos inaceptables de machismo y violencia sexual”. No importan las metáforas ni la simbología ni las moralejas.

Es estimulante y aun conmovedor ver a una generación de pibes veganos que quieren cambiar el mundo a través de su alimentación. Menos estimulante es que algunos asuman esa causa sin investigar todas sus implicancias médicas e incluso éticas, sin admitir reparos ni relatividades, sin preguntarse qué hay detrás de la “moda vegana” que alientan ciertos lobbies internacionales, sin reparar en la advertencia de algunos científicos: “Ojo, las plantas también son seres vivos”.

Menos estimulante es que el veganismo (como otros activismos de moda) se conviertan en simples pasaportes a una especie de “progresismo cool” y que sea, al fin y al cabo, una forma de militancia elitista mientras el problema de la desnutrición infantil hace estragos en barrios vulnerables del conurbano bonaerense. Menos conmovedor es que el veganismo se viva, en el seno familiar, como una especie de “superioridad moral” de jóvenes que ven a sus padres como una generación que “no entiende nada” y que les deja un mundo devastado por descuidar el medio ambiente y matar a los animales.

Podrá decirse -con razón- bienvenidos estos fanatismos juveniles, en un mundo (y un país) en el que otros fanatismos (que algunos proponen reivindicar) llevaron a los peores horrores. Es cierto. Pero no dejemos de fomentar la moderación, la libertad de decir y discutir, la aceptación de las diferencias y el reconocimiento de los matices. ¿Hay algo menos progresista que el absolutismo, la uniformidad de pensamiento y la censura?

Periodista y abogado

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